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A los valores artísticos y al ya mencionado surgimiento de la primera
iniciativa cenobítica estable de España, hay que sumar el hecho de que
la primera plasmación escrita de la lengua romance que, evolucionada,
hoy conocemos como castellano o español se produjo precisamente entre
los muros emilianenses.
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Allí, en el siglo XI, alguien que, como estudiante o predicador, encontraba
dificultades de comprensión en determinadas expresiones del texto latino
que estaba leyendo (el latín era la lengua culta en la que se escribía,
pero el pueblo se comunicaba en latín vulgar, en un latín "degenerado",
popular y arromanzado, que luego será el castellano), hizo lo que en todo
tiempo ha sido usual: anotar al lado de la expresión que le resultaba
oscura otra que la tradujera, que se la hiciera comprensible. Así, por
ejemplo, desconociendo el significado de certámina, anotó a su lado otra
palabra latina que comprendía mejor: pugna, y fue este, del latín al latín,
un trasvase que efectuó con mucha frecuencia; del mismo modo, ante dos
expresiones latinas, inueriri meruimur y precipitemur, anotó en vascuence
izioqui dugu (algo así como "lo hemos solicitado ardientemente") y guec
aiutuez dugu (aproximadamente "nosotros no nos arrojamos"), respectivamente;
y, en fin, en múltiples ocasiones vertió el latín en un romance primitivo;
et tertius ueniens pasó a elo terzero diabolo uenot, qui pauperibus reddet
se anotó con qui dat a los misquinos, etc.; una vez, incluso, el anotador
dejó de traducir y de poner marcas que le orientaran en la morfología
y sintaxis latinas y escribió en romance toda una plegaria: Cono aiutorio
de nuestro dueno dueno Christo dueno salbatore qual dueno get ena honore
e qual duenno tienet ela mandatione cono Patre cono Spiritu Sancto enoe
sieculos de lo sieculos. Fac nos Deus omnipotes tal serbitio fere ke denante
ela sua face gaudioso segamus. Amén.
El texto o códice (que es como se denominan los libros manuscritos anteriores
a la invención de la imprenta y que gozan de importancia histórica o literaria)
que el glosador leía es el que se conoce como Aemilianensis 60 y las anotaciones
aclaratorias son las denominadas Glosas Emilianenses. Estas glosas revelan
actividad erudita y condición bilingüe vascorrománica del glosador o glosadores
(hay que destacar que las dos glosas vascuences son las primeras frases
escritas atestiguadas en esa lengua), y con ello iluminan la situación
cultural, social e idiomática de esa zona en La Rioja medieval.
La glosa supone contacto con una lengua de cultura como el latín, dominio
de los mecanismos de la escritura y de la técnica lexicográfica, algo
que, a su vez, presupone un centro de cultura de la importancia del monasterio
de San Millán. Todo ello viene a mostrar a La Rioja, desde temprana fecha,
como tierra de integración de gentes y de lenguas.
De las Glosas emilianenses, las escritas en romance eran consideradas
hasta hace poco la más antigua aparición escrita de romance castellano.
Estudios llevados a cabo recientemente por los investigadores riojanos
Claudio y Javier García Turza sobre otro códice que se halla en la Real
Academia de la Historia con la signatura 46 adelantan al siglo X las primeras
palabras escritas en romance hispano. A diferencia del códice emilianense
60, el códice 46 aparece fechado el 13 de junio del año 964, con lo que
no quedan dudas sobre la datación exacta de estos primeros testimonios
escritos del castellano.
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